"Los hechos son más complicados. Pues el crecimiento de la fuerza de trabajo no manual ha de entenderse más como una extensión del industrialismo —nueva y última manifestación de la segunda ola—, que como un paso a un nuevo sistema. Si bien es cierto que el trabajo se ha tornado más abstracto y menos concreto, las oficinas reales en que se desarrolla ese trabajo están configuradas directamente conformes al modelo de las fábricas de la segunda ola, con un trabajo fragmentado, repetitivo, monótono y deshumanizador. Aún hoy, muchas reorganizaciones de oficinas apenas sí son más que un intento de hacer que la oficina se parezca más a una fábrica.
En esta “fábrica de símbolos”, la civilización de la segunda ola creó también un sistema de castas fabril. La fuerza de trabajo fabril está dividida en trabajadores manuales y no manuales. La oficina se halla similarmente dividida en trabajadores de “alta abstracción” y de “baja abstracción”. En un nivel encontramos los altos abstractores, las élites tecnocráticas: científicos, ingenieros y directores, gran parte de cuyo tiempo se dedica a reuniones, conferencias, almuerzos de negocios, o a dictar, redactar memorándums, hacer llamadas telefónicas y a otros intercambios de información. Un reciente estudio realizado sobre el tema estimó que el 80% del tiempo del personal directivo se invierte en la realización de entre 150 y 300 “transacciones de información” diarias.
En el otro nivel encontramos los bajos abstractores, proletarios no manuales como si dijéramos que, como los obreros fabriles de todo el período de la segunda ola, realizan interminablemente un trabajo rutinario y aburrido. Compuesto en su mayor parte por mujeres, y no integrado en sindicatos, este grupo puede justificablemente sonreír irónicamente ante las expresiones de “postindustrialismo” de los sociólogos. Ellos son la fuerza de trabajo industrial de la oficina.
En la actualidad, también la oficina está empezando a rebasar la segunda ola y a entrar en la tercera, y este sistema de castas industrial se halla próximo a ser desafiado. Todas las viejas jerarquías y estructuras de la oficina no tardarán igualmente en ser reorganizadas.
La revolución de la tercera ola en la oficina es el resultado de varias fuerzas encontradas. La necesidad de información ha proliferado tan ampliamente que, por muy intensa o prolongadamente que trabaje, ningún ejército de empleados, mecanógrafas y secretarias, puede darle satisfacción.
Además, el costo del trabajo burocrático se ha elevado tan calamitosamente, que se están desarrollando frenéticos esfuerzos para controlarlo. (En muchas Compañías, los costos de oficina se han elevado hasta constituir un 40 o 50% de todos los costos. Y algunos expertos estiman que el gasto necesario para preparar una simple carta comercial puede ascender hasta entre 14 y 18 dólares, si se toman en cuenta todos los factores ocultos.) Además, mientras el trabajador fabril medio en los Estados Unidos se halla mantenido actualmente por un valor estimado de 25.000 dólares en tecnología, el trabajador de oficina, como dice un vendedor de Xerox, “trabaja con el valor de entre 500 o 1.000 máquinas de escribir y calculadoras y, probablemente, figura entre los trabajadores menos productivos del mundo”. La productividad de oficina se ha elevado apenas un 4% durante la última década, y en otros países la situación es, probablemente, más acusada incluso.
Contrasta esto con el extraordinario descenso en el coste de los computadores, medido en relación con el número de funciones realizadas. Se ha estimado que el rendimiento del computador ha aumentado diez mil veces en los quince últimos años, y que el costo por función actual ha bajado cien mil veces. Resulta irresistible la combinación del aumento de costes y el estancamiento de la productividad por una parte, y los avances del computador, por otra. El resultado será, probablemente, algo así como un “terremoto de palabras”.
El símbolo principal de este cataclismo es un artilugio electrónico denominado procesador de palabras, unos 250.000 de los cuales funcionan ya en oficinas de los Estados Unidos. Los fabricantes de estas máquinas, incluyendo titanes como IBM y Exxon, se esfuerzan por competir en lo que creen que no tardará en ser un mercado de diez mil millones de dólares anuales. Llamado a veces “máquina de escribir inteligente”, o “editor de textos”, este artilugio altera fundamentalmente el flujo de información en la oficina, y con él, la estructura del trabajo. Sin embargo, éste es sólo un miembro de una gran familia de nuevas tecnologías que están a punto de inundar el mundo burocrático.
En junio de 1979, en la convención de
De hecho, en Washington, una firma de asesoramiento de empresas conocida como Micronet, Inc., ha reunido el equipo de diecisiete fabricantes distintos en una oficina integrada en la que el papel está prohibido. Cualquier documento que llega a esta oficina es instantáneamente microfilmado y almacenado para su recuperación posterior por medio de computador. Esta oficina demostrativa y de adiestramiento integra material de dictado, microfilm, escrutadores ópticos y terminales de televisión en un sistema armónico que funciona a la perfección.
El objetivo —dice Larry Stockett, presidente de Micronet— es una oficina del futuro en la que “no hay errores de archivo; los datos referentes a mercados, ventas, contabilidad e investigación están 125 siempre actualizados al minuto; la información se distribuye a razón de cientos de miles de páginas por hora y por una fracción de centavo por página; y... la información es convertida a voluntad de medios impresos a digitales y fotográficos”.
La clave de semejante oficina del futuro es la correspondencia ordinaria. En una oficina convencional de segunda ola, cuando un ejecutivo quiere expedir una carta o un memorándum, se recurre a un intermediario,
Para aprender cómo se realiza esto —y para acelerar mi propio trabajo—, yo compré un computador sencillo, lo utilicé como procesador de palabras y escribí con él la segunda mitad de este libro. Para mi satisfacción, fui capaz de dominar el manejo de la máquina en una sola y breve sesión. A las pocas horas lo estaba ya usando con toda soltura. Después de más de un año ante su teclado, aún me siento sorprendido de su rapidez y su capacidad.
Actualmente, en vez de mecanografiar sobre papel el borrador de un capítulo, lo tecleo sobre una consola, que lo almacena de forma electrónica en lo que se conoce con el nombre de “disco oscilante”.
Veo mis palabras desplegadas ame mí en una pantalla semejante a la de televisión. Pulsando unas cuantas teclas, puedo revisar o reordenar instantáneamente lo que he escrito, intercambiando párrafos, borrando, intercalando, subrayando, hasta obtener una versión que me guste. Esto elimina borrar, raspar, cortar, pegar, multicopiar o mecanografiar borradores sucesivos. Una vez que he corregido mi borrador, oprimo un botón, y una impresora situada a mi lado realiza una copia final perfecta a velocidad de vértigo.
Pero sacar copias en papel de algo es un uso primitivo para estas máquinas y viola su mismo espíritu. Pues la belleza final de la oficina electrónica no radica simplemente en las fases ahorradas por una secretaria en la mecanografía y corrección de cartas. La oficina automatizada puede archivarlas en forma de impulsos electrónicos en una cinta o un disco. Puede pasarlas (o no tardará en poder hacerlo) a través de un diccionario electrónico, que corregirá automáticamente sus errores ortográficos. Con las máquinas conectadas entre sí y con las líneas telefónicas, la secretaria puede transmitir instantáneamente la carta a la impresora o a la pantalla de su destinatario. El equipo puede así recoger un original, corregirlo, copiarlo, enviarlo y archivarlo en lo que virtualmente es un solo proceso. La rapidez aumenta. Los costos disminuyen. Y las cinco fases quedan comprimidas en una.
Las implicaciones de esta comprensión se extienden mucho más allá de
En los Estados Unidos, el 35% de todo el volumen postal interior se compone de informes de transacción: facturas, recibos, órdenes de compra, extractos de cuenta, relación de operaciones bancarias, cheques, etc. Sin embargo, una gran cantidad de correo circula, no entre individuos, sino entre organizaciones. Al intensificarse la crisis postal, ha ido aumentando el número de Compañías que han buscado una alternativa al sistema postal de la segunda ola y empezado a construir en su lugar piezas de un sistema de tercera ola.
Basado en teleimpresoras, máquinas de reproducción en facsímil, equipo procesador de palabras y terminales de computadores, este sistema postal electrónico se está extendiendo muy rápidamente, en especial en las industrias avanzadas, al tiempo que recibe un tremendo impulso merced a los nuevos sistemas de satélites.
IBM, Aetna Casualty and Surety y Comsat (la semigubernamental agencia de satélites de comunicaciones) han creado conjuntamente una compañía llamada Satellite Business Systems para suministrar servicios de información integrada en otras compañías. SBS proyecta reservar satélites para firmas clientes como General Motors, por ejemplo, o Hoechst, o Toshiba. Juntamente con baratas estaciones terrestres emplazadas en las instalaciones de cada Compañía, el satélite de SBS permite que cada Compañía tenga su propio sistema postal electrónico, superando en buena medida a los servicios postales públicos.
En lugar de transportar papel, el nuevo sistema mueve impulsos electrónicos. Aún hoy —hace notar Vincent Giuliano, de la organización de investigaciones Arthur D. Little — la electrónica es el medio fundamental en muchos campos; es el impulso electrónico lo que efectúa una transacción, y con posterioridad una factura, recibo o nota de papel sirven, simplemente, para validarla. Durante cuánto tiempo seguirá siendo necesario el papel, es asunto sujeto a discusión.
Mensajes y memorándums se mueven silenciosa e instantáneamente. En todas las mesas, los terminales —miles de ellos en cualquier gran organización— parpadean en silencio mientras la información circula a través del sistema, rebotando en un satélite y yendo a parar a una oficina situada en el otro extremo del mundo o a una terminal instalada en casa de un ejecutivo. Varios computadores enlazan los archivos de la Compañía con los de otras compañías donde sea necesario, y los directores pueden obtener información almacenada en centenares de bancos de datos exteriores, como el Banco de Información del New York Times.
Falta por ver hasta qué punto se mueven los acontecimientos en esta dirección. La imagen de la oficina del futuro es demasiado pulcra, demasiado ordenada, demasiado abstracta para ser real. La realidad es siempre embrollada. Pero resulta evidente que estamos avanzando rápidamente en ese sentido, y un desplazamiento, aún parcial, hacia la oficina electrónica, será suficiente para provocar una erupción de consecuencias sociales, psicológicas y económicas. El futuro terremoto del mundo de la palabra significa algo más que la puesta en funcionamiento de máquinas nuevas.
Promete reestructurar también todas las relaciones humanas y funciones de la oficina. En primer lugar, eliminará muchas de las funciones de
“La vieja tecnología —dice el doctor Giuliano— utilizaba una mecanógrafa porque era deficiente. Cuando uno tenía una tablilla de barro, necesitaba un escribano que supiese cocer el barro y cincelar marcas en él. Escribir no era para las masas. Hoy tenemos escribanos llamados mecanógrafas. Pero tan pronto como la nueva tecnología haga más fácil captar el mensaje, corregirlo, almacenarlo, recuperarlo, enviarlo y copiarlo, haremos todas estas cosas nosotros mismos, igual que escribir y hablar. Una vez eliminado el factor de insuficiencia, no necesitaremos a la mecanógrafa.”
De hecho, una de las esperanzas más acariciadas por muchos expertos en procesado de palabras es que la secretaria sea ascendida y el ejecutivo asuma su parte en la labor de mecanografía, al menos hasta que quede totalmente eliminada. Cuando yo pronuncié una conferencia en la convención de la International Word Processing, por ejemplo, se me preguntó si mi secretaria utilizaba la máquina para mí. Cuando respondí que yo tecleaba mis propios borradores y que la verdad era que mi secretaria apenas podía acercarse a mi computador procesador de palabras, los asistentes prorrumpieron en aplausos. Ellos sueñan con el día en que la sección de anuncios clasificados de un periódico pueda incluir alguno como éste:
Se necesita Vicepresidente de grupo
Entre sus responsabilidades figuran la coordinación financiera, exploración de mercados y desarrollo de la línea productiva en varias divisiones. Imprescindible experiencia demostrada en control de gestión. Escribir a Ejec. VP, compañía internacional de actividad múltiple. SE EXIGE MECANOGRAFÍA
Por el contrario, es probable que los ejecutivos se resistan a mancharse las yemas de los dedos, del mismo modo que se resisten a ir a buscar sus propias tazas de café. Y, sabiendo que el equipo de reconocimiento de la palabra está ya a la vuelta de la esquina, con lo que ellos podrán limitarse a dictar y la máquina hará el resto, se resistirán tanto más a aprender a manejar un teclado.
Lo hagan o no, subsiste el inesquivable hecho de que la producción de la tercera ola en la oficina, al colisionar con los viejos sistemas de la segunda ola, originará ansiedad y conflicto, así como reorganización, reestructuración y —para algunos— un renacimiento a nuevas profesiones y oportunidades. Los nuevos sistemas plantearán un reto a todas las viejas clases de ejecutivos, las jerarquías, las divisiones sexuales de función y las barreras departamentales del pasado.
Todo esto ha suscitado muchos temores. La opinión se halla dividida entre quienes insisten en que desaparecerán millones de puestos de trabajo (o que las secretarias actuales quedarán reducidas a esclavas mecánicas) y un punto de vista más esperanzado, muy generalizado en la industria de procesado de palabras y expresado por Randy Goldfield, uno de los directores de la empresa consultora Booz Alien & Hamilton. Según Mr. Goldfield, las secretarias, lejos de quedar reducidas a procesadores estúpidos y repetitivos, se convertirán en “paradirectores”, participando en el trabajo profesional y de toma de decisiones del que hasta ahora se han visto excluidas de forma general. Más probablemente, presenciaremos una nítida separación entre empleados que ascienden a puestos de más responsabilidad, y empleados que van descendiendo... y son finalmente despedidos.
¿Cuál es, entonces, el efecto sobre estas personas y sobre la economía en general? Durante finales de la década de los 50 y comienzos de la de los 60, cuando la automación comenzó a hacer su aparición en escena, economistas y sindicalistas de muchos países predijeron un desempleo masivo.
En lugar de ello, aumentó el empleo en las naciones de alta tecnología. Al reducirse el sector de fabricación, se ampliaron los sectores de trabajos administrativos y de servicios. Pero si la fabricación continúa reduciéndose y, al mismo tiempo, el trabajo de oficina va necesitando menos personal, ¿de dónde llegarán los puestos de trabajo del mañana?
Nadie lo sabe. Pese a innumerables estudios y a vehementes afirmaciones, las predicciones y las pruebas son contradictorias. Intentos realizados para relacionar la inversión en mecanización y automación con los niveles de empleo fabril muestran lo que el Financial Times de Londres llama “una casi completa falta de correlación”. Según un estudio realizado sobre siete naciones, entre 1963 y 1973 Japón tuvo la más elevada tasa de inversión en nueva tecnología, como porcentaje de valor añadido. Tuvo también el más elevado aumento de empleo. Gran Bretaña, cuya inversión en maquinaria fue la más baja, mostró la mayor pérdida de puestos de trabajo. La experiencia norteamericana corrió parejas con
Está claro que el nivel de empleo no es un mero reflejo del avance tecnológico. No aumenta y disminuye cuando automatizamos o dejamos de hacerlo. El empleo es el resultado final de muchas políticas convergentes.
Puede que las presiones sobre el mercado de trabajo se incrementen dramáticamente en los años próximos. Pero es una ingenuidad singularizar como causa de ello al computador.
De lo que no cabe duda es de que tanto la oficina como la fábrica están llamadas a experimentar una revolución en las décadas próximas. Las dos revoluciones del sector administrativo y del fabril dan lugar a un modo de producción enteramente nuevo para la sociedad, un paso gigantesco para la especie humana. Este paso lleva consigo implicaciones indescriptiblemente complejas. Afectará no sólo a cosas tales como el nivel de empleo y la estructura de la industria, sino también a la distribución de poder político y económico, a las dimensiones de nuestras unidades de trabajo, a la división internacional del trabajo, al papel de las mujeres en la economía, a la naturaleza de trabajo y al divorcio entre productor y consumidor; alterará incluso un hecho aparentemente tan simple como el “dónde” del trabajo."
